
Las calles están dispuestas en forma de parrilla. Todas las casas son adosados. Muchas tienen las ventanas rotas. Algunas de ellas están cerradas con tablones. Hay capas y más capas de grafiti. Todas las paredes son palimpsestos de pintura con spray. Al pasar, veo objetos abandonados al azar en las aceras: un zapato suelto, una silla con tres patas, una tele con la pantalla rota, un colchón mugriento del que asoman los muelles (eso acabará ardiendo luego). Tengo la sensación de estar atravesando un parque de estatuas lleno de escombros o una ciudad de los Balcanes tras un bombardeo de la OTAN. En una cuneta veo una Barbie desnuda a la que le faltan las dos piernas. Sigue luciendo su sonrisa patentada de dicha demencial, como si perder las dos piernas fuese exactamente lo que siempre hubiera deseado. He leído acerca de gente que anhela ser descuartizada de ese modo. Paso por delante de un viejo Nissan Bluebird al que le han roto la ventanilla. En el asiento del conductor hay trocitos de cristal, como diamantes dispersos. Sin duda han chorizado el equipo estéreo. Me recuerda la zarpa de un oso chafando una colmena para sacar la miel. Un coche de policía patrulla en sentido contrario. Al pasar, los agentes giran la cabeza para verme la cara. Yo les echo una ojeada furtiva a través del parabrisas: una agente masculino y una agente femenina. El hombre me ha parecido bastante guapo."
Extraído de "La isla de los perros" de "Daniel Davies". Ed. Anagrama
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