
Llegó la camarera trayendo, como si fuera un cáliz, mi vaso de cerveza.
- Aquí la tienes, cariño. Que aproveche.
- Gracias -dije, como el alfeñique que era. Ella me sonrió y se alejó.
La cerveza estaba ahora ante mí. Puedo limitarme a no cogerla, pensé. No me la beberé y cuando vuelva la camarera le pediré qu se la lleve y le diré que he cambiado de idea.
Apenas había terminado esa cadena de pensamientos cuando mi mano se disparó hacia delante, la jarra se elevó y la cerveza inundó mi boca. Había sido una resistencia endeble, apenas un arbusto intentando plantar cara a un huracán. Con la cerveza en la boca sentí una sensación de transgresión, de hacer algo que sabes que está mal. Luego di un largo segundo trago que casi acabó la cerveza, y la sensación de transgresión me abandonó. Perdí toda consciencia de que quizá aquello me perjudicada y dejó de importarme si me gustaba mucho o poco. Verán, la iluminación Tennessee Williams llegó casi de inmediato. Es la iluminación que dice: Todo va a ir bien. Supongo que es mentira, pero es una mentira muy creíble".
Extraído de "¡Despierte Señor!" de Jonathan Ames. Ed. Principal de los libros
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